El Golpe de Piérola

Golpe de Piérola a Prado
Pobladores de Lima, dando vivas al gobernante de turno. Esta vez festejando el golpe de Piérola a Prado. 
Grabado publicado en la prensa británica el 31 de enero de 1880.

El Golpe de Piérola
Por: Luis Guzmán Palomino

El 21 de diciembre de 1879, estalló en Lima el golpe de estado acaudillado por Nicolás de Piérola, con enfrentamientos entre unidades del ejército en la Plaza de la Exposición y varias calles de la capital. Inició ese movimiento el coronel Pablo Arguedas, jefe del batallón "Artesanos de Ica", quien proclamó a Piérola como jefe supremo de la república, precisamente cuando el país atravesaba por sus más aciagos días y cuando era de imprescindible necesidad forjar la unidad nacional para hacer frente a la invasión extranjera.

Chile era ya dueño absoluto del mar, y en el frente sur, tras la pírrica victoria de Tarapacá, el ejército había emprendido una desastrosa retirada. El presidente Prado había hecho abandono del país, so pretexto de agilizar en el extranjero la adquisición de armas, condenable decisión cuya secuela inmediata fue el golpe de Piérola, quien colmó así su máxima obsesión, la ambición de toda su vida, pues la única disyuntiva para este nefasto personaje fue siempre: "la locura o el poder". 

Como jefe de sucesivas y fallidas rebeliones, había anarquizado el país durante varios años, casi siempre movido por Chile, cuya clase dominante siempre le dio cobijo. Y en 1879 aprovechando la vergonzosa fuga de Prado alcanzó su soñado objetivo, para provecho de quienes siempre lo asilaron haciendo de él un instrumento de sus intereses.

Si antes como ministro de hacienda del corrupto Balta perpetró el escandaloso negociado con Dreyfus, donde deben buscarse algunos factores de la bancarrota que precedió a la guerra, ahora en el poder Piérola terminaría liderando el entreguismo y la traición, gestando calculadamente lo que tendría como trágico epílogo el tratado de Ancón. Ello sin embargo, para sus apologistas Piérola aparece oficialmente encumbrado como figura señera de la peruanidad e incluso los más notorios historiadores mediáticos de nuestro días lo presentan como adalid de la resistencia patriota, en el más repudiable de los absurdos. 

Desde Guayaquil y a bordo del vapor "Paita", rumbo a Europa, el depuesto Prado envió comunicaciones a los generales Buendía y Daza el 22 de diciembre, tratando de justificar su intempestiva salida del país. Desconocía aún el golpe de Piérola, quien a esas horas, aunque con el respaldo de varias unidades del ejército, no había podido convencer a todos los mandos de la escuadra. Pese a la renuncia de los ministros de Prado, verificada ese mismo día, Piérola no se atrevió a ocupar palacio de gobierno, y desde un lugar del Callao empezó a dictar disposiciones de gobierno, figurando entre las primeras el desconocimiento del contraalmirante Antonio de la Haza como comandante general de la marina y su reemplazo por el capitán Manuel Villar. 

Por la noche, el golpista hizo pública una “Proclama al Pueblo y al Ejército”, documento que fue la máxima expresión de la demagogia, pues lo terminó con esta solemne mentira: 

"PARA NOSOTROS NO HAY NI PUEDE HABER SINO UNA SOLA ASPIRACIÓN: EL TRIUNFO RÁPIDO Y COMPLETO SOBRE EL ENEMIGO EXTRANJERO. PARA ESTA OBRA NO HAY SINO HERMANOS SIN MEMORIA SIQUIERA DE PASADAS DIVISIONES Y ESTRECHADOS POR EL VÍNCULO INDISOLUBLE DEL AMOR AL PERÚ". 

Bien sabemos que el caudillo golpista nada hizo por revertir la desgraciada suerte del Perú, y que por el contrario dedicó todos sus afanes a anarquizarlo, dando así adecuado cauce al entreguismo.
En la mañana del 23 de diciembre de 1879, el Ejército de Reserva se plegaba al movimiento insurreccional del señor "coronel" Nicolás de Piérola. Sí, "coronel", porque en aquellos años todo potentado, por ejemplo un hacendado, se convertía automáticamente en "coronel", aunque no tuviese la más mínima noción del arte militar. Piérola fue un fanático de los uniformes; por eso se llamó "coronel" y luego "general" gustando de dirigir maniobras militares vestido con uniforme prusiano. Sin embargo, sus acólitos (entre ellos dos recientes presidentes de la república) lo reverencian como caudillo de la civilidad.

Toda la Lima oficial, ayer partidaria de Prado, acató ahora al golpista. El alcalde y el obispo le enviaron emisarios dándole la bienvenida. Y el acta firmada por los "notables" (léase señorones) de la capital no pudo ser más rastacuera: "LA CONFIANZA QUE EL SEÑOR DON NICOLÁS DE PIÉROLA -decía el documento- INSPIRA A LOS PUEBLOS POR SU PROBADO PATRIOTISMO E ILUSTRACIÓN... GARANTIZA LA BUENA DIRECCIÓN DE LA COSA PÚBLICA Y EL HONROSO DESENLACE DE LA GUERRA".

Al final de cuentas, esa Junta de "Notables" apadrinó oficialmente el golpe, resolviendo: "Elevar a la suprema magistratura de la nación, con facultades omnímodas, al ciudadano doctor don Nicolás de Piérola". Por fin entonces se decidió Piérola a salir del Callao, y a las siete de la noche del 23 de diciembre entró en el palacio de gobierno como nuevo mandamás de la anarquizada república.

Lo primero que hizo fue emprender una "reorganización" de todo, a su manera. Así, desaparecieron los ministerios y se crearon siete secretarías de estado, encumbrándose en la de guerra al prominente latifundista de Cajamarca Miguel Iglesias, otro "coronel" tan sabio en lo castrense como Piérola y tanto o más claudicante que él.

Esa infame pareja empezó entonces su bien calculada obra de desgraciar al ejército, nombrando nuevos jefes entre sus partidarios. Para que cada amigo lograse un buen puesto, se crearon cuatro ejércitos de línea: el del sur fue absurdamente dividido en dos, a los que se sumó uno del centro y el otro del norte. Y la reserva también se dividió en dos, una movilizable y otra sedentaria.

Bien sabemos a qué condujo tal "reorganización": los desastres del Sur y de Lima, y la claudicación de Ancón, iban a ser los frutos del fatídico golpe pierolista.

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