El Valor de lo Andino

Machu Picchu en 1912 | Foto: Hiram Bingham III

El Valor de lo Andino

“En general la alta cultura andina, desde sus orígenes muchos miles de años antes de Jesucristo tiene una importancia sumamente notable en la historia universal. De ahí la existencia de museos, institutos y cátedras en múltiples ciudades y universidades de los países europeos y  norteamericanos, donde los arqueólogos, etnohistoriadores, historiadores y antropólogos están dedicados a examinarla y explicarla. Es una tarea en la que, felizmente, estudiosos de varias disciplinas comprometidos con el Perú, concurren con sus esfuerzos e iniciativas. En el Perú, desde hace más de un siglo  en los centros de instrucción de todos los niveles, su enseñanza está garantizada como parte integrante de los planes de estudio de las ciencias sociales. Con todo, es en las últimas décadas cuando nuestros conocimientos se han enriquecido gracias a las investigaciones arqueológicas y hallazgos de nuevas fuentes documentales de los siglos XVI y XVII. Hechos que se han traducido directamente en una intensa admiración por el pasado andino, alimentando el espíritu nacionalista de los peruanos, preocupados hoy por definir nuestra identidad. 

El recuerdo de un pretérito como el del Perú incentiva el empeño para la conquista del futuro, aunque su evocación suene con distinta tonalidad en el corazón de cada peruano para luchar por la supervivencia de la patria. Constituye un pasado con grandeza que pocos países pueden emular. Lo que mantiene el rescoldo y el ánimo es la supervivencia de obras maestras de arquitectura, cerámica, industria textil y metalistería que siguen fascinando al mundo.

Es cierto, que la civilización andina (de Chavín a los incas) no logró utilizar el hierro, ni inventar la rueda, lo segundo por la sencilla razón de haber carecido de animales de tiro. Tampoco llegó a conocer la escritura, al menos como nosotros la entendemos (alfabética). Y sin embargo fue capaz, durante los incas, de construir un imperio tan extenso como el Romano de Occidente; un orden social admirable para su época;  una cultura cuyas esencias no han podido ser socavadas; una tecnología con la que pudo edificar la maravilla de Machupicchu; de convertir las tierras eriazas en fértiles parcelas mediante los ingeniosos andenes desde las bases a los pináculos de los cerros que todavía hoy continúan produciendo. Pese a todo, pues, edificaron la civilización más grandiosa de la América meridional.

Hacia el sur del área nuclear andina (o, dicho de otro modo, de lo que abarcó el Tahuantinsuyo) no se encuentra nada que la historia de la civilización deba rememorar. Hacia el norte es preciso trasladarse miles de kilómetros para hallar en los aztecas algo equiparable. Estos y los runas andinos fueron los más grandes de la América precolombina. Fuera de ellos, sólo tribus dispersas, insignificantes y de cultura rudimentaria, salvo dos focos interesantes: los mayasquichés (Yucatán) y los chibchas (sierra central de Colombia), medio perdidos en la historia, ensombrecidos por aquellos dos gigantes: andinos y aztecas.

El proceso cultural en el Perú es, pues, milenario. Se trata del devenir de pueblos y sociedades cada vez más perfectibles hasta coronar con la civilización Inca: sumum de todas las conquistas científicas, tecnológicas, artísticas, políticas y morales inventadas, creadas y descubiertas desde muchos milenios antes que ellos. Una herencia cultural que supo mantenerla y perfeccionarla para el bienestar de las masas humanas que habitaban su territorio. La andina, reputada hoy entre las más eximias civilizaciones del mundo, personaliza y simboliza a la antigua América meridional, como la azteca lo es para la septentrional; o la  griega y romana para el Viejo Mundo.

Una de las inolvidables virtudes de los runas fue el de haber estado entrañablemente vinculados a la tierra, sintiéndose en todo instante hijos de ella. Causa por la cual la tenían divinizada, llamándola con cariño Pachamama (madre tierra). He aquí porqué estaban identificados con el campo y con el ayllu (comunidad). Una agrupación familiar y agraria robustecida con lazos religiosos y dotada de un brioso poder para el trabajo solidario en bien de la integridad de la familia extensa. Hombre y naturaleza se entendían y comprendían muy bien.

Los grandes éxitos de los incas y en general de la totalidad de las etnias andinas fueron consecuencia de su férreo pragmatismo. Ese derroche de sentido realista hacía del Tahuantinsuyo un pueblo sin mayores dificultades para gobernarse a sí mismo. Constituía una población enteramente práctica. Y fue de aquella unión, del impulso que da la pasión con la frialdad que exige la praxis, lo que hizo la grandeza del mundo andino. Ahí descansan los verdaderos móviles del porqué fue un país sin crisis económicas, ni sociales, ni religiosas; aunque sí con frecuentes perturbaciones políticas provocadas por los nobles cuzqueños que se disputaban unas veces el gobierno y otras el poder.”

Texto Referencial: Waldemar Espinoza. La Civilización Inca. 1995.

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