Ideólogos de la Revolución

Ideólogos de la Revolución

Para Unanue resultan incómodos y convencionales los calificativos al uso de inexpertas historias. La figura y la mentalidad de Unanue pertenecen a un escenario y un ambiente muy distintos de aquellos de la revolución. Hay que convenir en que la exposición de una revuelta es el momento menos propicio para el recogimiento reflexivo de los estudiosos y para el desarrollo de disciplinas pacientes y severas. Y la gloria de Unanue es, esencialmente, científica, intelectual, orgullo de academias ilustres y de investigaciones vernáculas. La personalidad de Unanue se hallaba ya definida y contorneada cuando sobrevienen las primeras agitaciones patrióticas. Puede decirse que en 1810, la patria en gesta podía ya contar en Unanue, los prestigios definitivos que aureolan su figura de investigador y de sabio. Tenía entonces, Unanue, para merecer los más insignes dictados, la gloria de haber fundado el Anfiteatro Anatómico, y el colegio de Medicina de San Fernando, de haber colaborado en la Sociedad Amantes del País y en eEl “Mercurio Peruano”, de haber escrito sus obras capitales: Observaciones sobre el clima de Lima, la Guía política y geográfica del Perú de 1793 y la Memoria del gobierno del virrey Taboada y Lemus... Pudo Unanue haberse abstenido de toda participación en las agitaciones revolucionarias y en los trastornos políticos de la primera época republicana, sin que amenguara en nada su mérito de forjador de la nacionalidad.

Y es que Unanue, –amigo y consejero de los virreyes y delegado de éstos a las conferencias de Miraflores– no es en realidad un espíritu ni un homre de la revolución. Es tan sólo un adherente, prestigioso y benemérito. Aunque él no hubiera ido a la revolución, ésta le habría buscado como a una de las glorias más legítimas del Perú para propio enaltecimiento y decoro. Pero en Unanue no había, a pesar de la liberalidad de la tolerancia generosa de su espíritu, esa honda fibra de pasión que conduce al arrebato de la lucha a los verdaderos insurgentes...

Esta es, sin duda, la calidad fundamental del espíritu de Unanue, y la que explica todas sus actitudes culminantes. Unanue, a través de todas las transformaciones políticas del Perú siguió siendo, sobre todo esto: un amante del país. Y para un amante del país que había vivido y trabajado bajo el más despótico de los regímenes y dentro de él había conseguido medidas de mejoramiento social e intelectual para sus conciudadanos, y, para él, distinciones y honores insignes -cosmógrafo y protomédico, diputado a Cortes- lo esencial no era la forma de gobierno, sino el bienestar general, la justicia y la dignidad. De allí que no sean sino aparentes las oscilaciones de la vida política de Unanue su figuración sexagenaria en la independencia, su adhesión sucesiva a los proyectos monárquicos de San Martín, al republicanismo fogoso de los “líderes” del primer congreso constituyente, y a los planes vitalicios de Bolívar. Postergando toda vanidad doctrinaria y ajeno al fanatismo y a las fórmulas rígidas de los teóricos de su época, Unanue sólo persiguió con tesón un propósito, realizado siempre con honradez y limpieza de su ánimo, el de servir a la patria que otros más audaces y más jóvenes que él habían hecho surgir, pero a la que había sido el primero que enseñó que se debía amar.
“Ideólogos de la Revolución” Raúl Porras Barrenechea.
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